El día 3, Turnedo ya con su maleta preparada y con la petición de Kina de ese periodo de reflexión, se acuesta temprano por la tarde, ya que su avión sale en la madrugada del día 4 a las 6 de la mañana. Suena el despertador, Turnedo se levanta nervioso pero confiado de que tiene que hacerlo –Turnedo es de esas personas que piensan que es mejor arrepentirte de algo que has hecho que de algo que no hiciste.- Así que se ducha, se pone guapo o al menos lo intenta, revisa su equipaje y parte hasta el aeropuerto. Este estaba solitario, ni siquiera estaba abierto cuando el llego. Por los nervios, decide sentarse y esperar mientras se fuma un cigarrillo… Y luego otro, y otro, y otro más. Llego la hora. Turnedo revisa sus billetes, comprueba el nº de vuelo y se dirige a la terminal correspondiente. Cuando se da cuenta y casi como un zombi está montado en su avión. Habla el comandante: “Gracias por volar con nosotros, el tiempo estimado de vuelo es de 1 hora y 25 minutos…”. “Turnedo echa cálculos y piensa que entre los retrasos habituales, salida del avión, salida del aeropuerto y trayecto desde el Prat a la Plaza de Catalunya… A eso de las 8 u 8 y pico esta allí ya. Se acomoda en su asiento y echa una cabezadita. El movimiento del avión al aterrizar, despierta al sevillano y puede ver que ya ha llegado. Ya está en Barcelona. Turnedo, sale del aeropuerto y va en busca de la parada del autobús que lo llevará desde el aeropuerto del Prat a la Plaza de Catalunya. Una vez en el Turnedo estudiaba la ciudad a través de los cristales del autobús, aunque en ningún momento dejaba de pensar en ella y en como seria el posible encuentro, que se dirían, como actuarían o incluso si iba a llegar a verla o no.
Turnedo era un chico al que, dentro de su locura sana, le gustaba ser respetuoso con el mundo, fuese quien fuese y en su plan de conocer a esa Kina en ningún momento había pensado en el “asalto”, es decir, ir a verla, ponerse delante de ella y decirle: “aquí estoy”. Veía un poco inquisitorial la idea de no dar a la Kina la posibilidad de elegir verlo o no verlo. De esta manera Turnedo puesto que conocía el lugar de trabajo de Kina, fue ideando un plan o más bien escribiendo en su cabeza el guion de una película romántica, de “su” película romántica.
El autobús se detuvo y Turnedo reconoció la plaza. Había estado “bicheando” por internet para preparar su viaje, así que seguro de que esa era su parada, agarro su mochila y bajo del autobús, saco su paquete de cigarrillos del bolsillo de su abrigo, saco uno y tembloroso por los nervios, lo encendió mientras contemplaba todo con pasmosa ilusión. Aunque todo le parecía tan diferente a su Sevilla, aquello empezaba a gustarle, no se si por el simple motivo de saber que el amor de su vida, vivía allí. Pienso que a él le hubiera gustado en ese momento cualquier inhóspito sitio del mundo con la condición de que Kina viviera allí. Pero tenía que reconocer que Barcelona empezaba a tener su encanto, independientemente de todo aquello relacionado con Kina. Acabo el cigarrillo y cogió todos los periódicos gratuitos que por aquella zona estaban repartiendo, los doblo con extremo cuidado y perfección haciendo coincidir las esquinas superiores con las inferiores y los guardo en la mochila junto a los billetes del avión y del autobús. Su intención era ir guardando todo de aquel viaje. En esos momentos Turnedo imaginaba la escena de él y Kina semitumbados en una gran alfombra e iluminados por una luz tenue y entre ellos, una caja de la que Kina empieza a sacar cosas:
-Mira un periódico… y otro…
-Si cariño, esos son los periódicos de cada viaje que hice a Barcelona cuando nos conocimos. Me pareció buena idea a parte de romántica el hacer acopio de ellos para saber que cosas pasaron en aquellos días tan especiales.
-¿Y estos billetes de metro y de bus?
-Pues por lo mismo que guardaba los periódicos. Para saber exactamente a que horas cogí cada autobús, cada tren, cuantas veces, etc.
-¡Ay, mira! Estas son las tarjetas llave del hotel donde nos quedábamos…
-Si –sonrió-. ¿Recuerdas que bonita era nuestra habitación? Aun recuerdo el numero, la 201…
-Es verdad –contesto ella-, siempre pedias por favor que hicieran todo lo posible por que fuese sea y no otra. Era como un ritual.
-Claro cariño, recuerdo perfectamente como en mi segundo viaje para venir a verte, cuando dejamos el hotel me dijiste: “estoy deseando de volver a esa habitación”. Y yo me tome eso como una especie de deseo a cumplir y por ese motivo siempre he pedido la habitación 201.
-Mira, aun se conservan las velas que siempre comprabas, para antes de ir a por mí al trabajo, colocarlas por toda la habitación y encenderlas para que todo fuese como de película.
-Siempre se quedaba alguna sin encender y en cada ocasión me quedaba con un par de ellas para guardarlas en mi cajita de recuerdos, que reservaba para momentos como estos. Que recuerdos verdad, cariño…
Pues esta escena era la que en cuestión de segundos inundo la cabeza de Turnedo y le hizo llegar a la conclusión de que tenía que recopilar tantas cosas como pudiera de cada viaje. Y así lo hizo. En cada una de sus visitas a Barcelona guardaba billetes de todos y cada uno de los transportes usados para llegar a su destino, tickets de compras, tarjetas del hotel, facturas, velas… hasta los jabones y artículos de higiene que hay en los baños de todos los hoteles…
Aun en la Plaza de Catalunya, Turnedo, desorientado pregunto a una chica la forma de llegar a la localidad donde Kina trabajaba y vivía. La chica le indico con precisión la ubicación de la parada más cercana de ferrocarril y la línea que debía coger. Así pues, el nervioso sevillano, conocedor de que se acercaba la hora, agradeció a su improvisada “chica de información” y tomo rumbo a la boca de metro. Bajo por las escaleras mecánicas y saco el correspondiente billete, no sin dificultad ya que la maquina estaba en catalán y aunque había opciones que era intuibles, otras le sonaban a chino, aun así lo consiguió y llego justo a tiempo para montar el ferrocarril que estaba a punto de salir. Nuestro amigo tomo asiento y tomo uno de los periódicos que recogió en la plaza y le echo un vistazo sin poner mucha atención para no perder de vista las paradas que faltaban para llegar.
La primera parada era donde trabajaba Kina y la segunda donde vivía. No distaba mucho una de otra pero Turnedo decidió invertir el orden de estas para ir al hotel, soltar la mochila, tomar una ducha y después ir a ver si su queridísima y amada Kina tenía a bien el conocerlo. El tren pasó de largo justo por la puerta del trabajo de “su ladrona de corazones” y Turnedo se quedo mirando tras el cristal pensando si había hecho lo correcto. Pero ya no había marcha atrás. El ferrocarril se detuvo y nuestro enamorado al salir de la estación, consulto su PDA, en la que había introducido mapas de las calles, direcciones de floristerías, supermercados y lo más importante, la dirección del hotel. Aun así, llegar, fue toda una odisea, ya que ni con la ayuda de su PDA, ni con la ayuda de dos viejecitos a los que pregunto, pudo encontrar el hotel. Los anteriormente mencionados interpretaron mal la pregunta, supongo que por la pronunciación sevillana que Turnedo le dio a una plaza con nombre catalán. Los amables viejecitos, indicaron al sevillano, confiados de estar mandándolo a donde él quería ir. Pero nada más lejos de la realidad. Lo mandaron a la otra punta del la localidad.
Cuando el pueblo ya casi parecía acabar, Turnedo decidió optar por una segunda opinión, así que se acerco a un chico que estaba fumando en la puerta de una autoescuela y le preguntó. Por su acento diría que era andaluz, como él, pero de Cádiz, ya que al despedirse le soltó un: “menudo pateo que te vas a meter pisha ¿no quieres que te llamemos a un taxi?” –Eso de “pisha” es típico de Cádiz-. A lo que Turnedo contesto con un: “no, gracias killo, si tampoco esto es tan grande, ya daré con él, grasias”, y lo de “killo” es típico de Sevilla. Así que volviendo sobre sus pasos, el sevillano, dio con lo que buscaba. Una plaza con un extraño monumento de acero oxidado era la referencia de que el hotel y la casa de Kina estaban cerca. Volvió a sacar la PDA y esta vez si consiguió orientarse hasta la misma puerta del hotel. Entro, saludo al recepcionista y arreglaron el papeleo típico de los hoteles. Cuando acabaron, el recepcionista, dio a Turnedo la llave de su habitación, el mando a distancia de la televisión y le indico como llegar. Se metió en el ascensor, subió hasta la planta indicada y entro en la habitación, soltó sus cosas, se aseó, se perfumó y como si de una urgencia se tratara, salió de la habitación llevando consigo el osito de peluche que compro para Kina en Sevilla.
Salió a la calle en busca de una floristería. ¿Qué era de un encuentro de película sin flores? ¿Verdad? Así que entro en una humilde floristería y compro un ramo de flores silvestres, sencillo pero bonito. Era más que nada por el detalle. Ataviado con su peluche y con su ramo de flores, Turnedo fue objeto de todas las miradas, de todas las personas con las que se cruzo en el trayecto de la floristería hasta la estación de ferrocarril, donde volvería a coger la misma línea pero en sentido contrario. Como pudo, sostuvo el peluche y las flores con una mano, rebusco en sus bolsillos unas monedas sueltas y saco, esta vez con más agilidad, el billete que lo llevaría hasta el lugar de trabajo de Kina. Un minuto… Poco más de un minuto fue lo que tardo el ferrocarril en llegar a su parada. Casi no le dio tiempo a pensar en nada. Así, que mientras salía de la estación fue urdiendo su plan. Nuestro chico, saco el móvil, pero no el móvil que Kina conocía, sino otro, un numero distinto. Y como era día 4 de enero, vísperas de Reyes Magos, Turnedo, improvisando, escribió el siguiente mensaje en su móvil: “Hola, la oficina de RRPP de sus Majestades los Reyes Magos le informan que debido a la demanda recibida este año y a la imposibilidad de hacerle llegar su regalo más deseado en la fecha acostumbrada, le informamos que si sale a la calle, en recepción podrá usted recoger personalmente dicho regalo, disculpe las molestias”. Y una vez escrito, que no mandado, fue hasta el lugar que el sms indicaba y entonces si… Pulso enviar y comenzó la espera mientras observaba a cada esquina, cada puerta, cada escalera con la ilusión de que Kina apareciera.
Unos minutos más tarde, sonó el móvil. Era ella y su voz no parecía muy contenta. “Dime que estas de broma” –dijo-. A lo que Turnedo contesto sin titubear: “Mira, yo ya se que lo que he hecho tal vez te parezca una locura, pero comprende que tenía que hacerlo. Yo no podía quedarme en Sevilla de brazos cruzados y dejar pasar la oportunidad que la vida me ha brindado, para el día de mañana, en el caso de no haber venido, arrepentirme por los siglos de los siglos de no haberlo hecho y tener en mi conciencia el pensamiento de que hubiera sucedido si… Yo tenía que venir y lo sabes. No quiero que te sientas forzada a conocernos, no te preocupes, yo el domingo cojo mi avión y regreso a Sevilla con la tranquilidad de haber hecho todo lo que estaba en MI mano. En serio, no tienes que sentirte mal ni hacer nada que no quieras hacer. Yo me voy ahora para el hotel. A partir de aquí, todo está en tus manos. Un besito y tranquila ¿vale?”.
El sevillano, algo decepcionado y triste por como había acontecido el “encuentro de película”, agacho la cabeza, bajo sus brazos en los que llevaba las flores y el peluche y volvió a la estación de ferrocarril. Ya se estaba convirtiendo en todo un experto sacando billetes, sus dedos se iban solos a la pantalla táctil directamente a donde debían. Tomo su billete, espero a que llegara el tren, monto en él y se marcho de allí derrotado, con la esperanza perdida.
